Viaje de ida y vuelta que no acaba
cicatriz recuerdo del agravio,
que no se permita más
Mujer migrante
alma aborigen
Endémica semilla transoceánica
brota como memoria de lo humano.
Humana la canariedad que no entiende de nacionalismos
si del cuidado
del semejante, la otredad, tierra que acoge
canariedad que sane, y no olvide
la canariedad,
identidad isleña, No aislada
eternice su horizonte, difumine fronteras
A Identidad no finita, el símbolo no limita,
pero arropa con sus signos.
Identidad creadora, amalgamadora, mujer
Lo común es lo que acoge
Lo que acoge, es vida.
No olviden
Es un viaje de ida y vuelta
Una cicatriz
Es Mujer, es migrante, tiene alma aborigen
ese signo



La argolla canaria es una de las piezas más reconocibles de la joyería tradicional del archipiélago y un símbolo profundamente arraigado en la identidad cultural de Canarias. Se trata de un pendiente de forma circular —generalmente de oro— que puede presentar distintos grosores, tamaños y sistemas de cierre, desde modelos más sobrios hasta versiones ricamente trabajadas con filigrana o motivos geométricos.
Sus orígenes no están completamente documentados, pero se sitúan en la confluencia de varias tradiciones. Por un lado, se ha relacionado con formas de joyería de raíz amazigh (bereber), presentes en el norte de África antes y durante la época prehispánica. Por otro, su configuración actual se consolidó durante los siglos XVI al XVIII, en el contexto de los intercambios comerciales atlánticos que conectaban Canarias con la Península Ibérica y América. Esa posición estratégica del archipiélago favoreció una síntesis estética en la que convivieron influencias indígenas, europeas y americanas, cristalizando en una pieza que hoy se percibe como inequívocamente canaria.

Históricamente, la argolla fue más que un adorno: constituía una forma de ahorro y transmisión patrimonial dentro del ámbito familiar. Las mujeres las recibían como parte de la dote o como regalo en momentos significativos de la vida, y su posesión tenía un valor económico tangible en sociedades donde el oro funcionaba como reserva. Así, la joya articulaba belleza, protección y estabilidad material.
En la idiosincrasia canaria, la argolla se convirtió en emblema de arraigo y continuidad, asociada tanto al traje tradicional como a la imagen de la mujer campesina y marinera. Hoy sigue ocupando un lugar central en la joyería contemporánea del archipiélago, reinterpretada por artesanos y creadores que dialogan con la tradición sin perder de vista la historia de mestizaje y resiliencia que la vio nacer



