Tunera

La tunera no es endémica, pero las recias manos de mi abuelo cogiendo el tuno sin protección alguna si que lo eran. Cuanto amor hay en aquella persona que se aventura en las tuneras para recoger su fruto, limpiarlo, pelarlo, refrescarlo y ofrecértelo, sólo a cambio de ver la felicidad en tu cara, mientras se afana con unas pinzas en sacar de la piel las finas y molestas puas, ese peaje inevitable.

La tunera canaria (Opuntia ficus-indica) es una de las plantas más reconocibles del paisaje rural de Canarias. Aunque no es originaria del archipiélago —procedente de Mesoamérica—, se introdujo tras la conquista y se naturalizó hasta formar parte esencial de la fisonomía insular. De porte arbustivo y estructura articulada en palas carnosas (cladodios), está adaptada a la aridez gracias a su capacidad de almacenar agua y a sus espinas, que reducen la pérdida hídrica y la protegen de herbívoros. Sus flores amarillas o anaranjadas dan paso a los conocidos higos tunos, frutos carnosos de alto valor nutritivo.

En Canarias desempeñó un papel económico fundamental durante los siglos XIX y principios del XX, cuando se cultivó extensamente para la cría de la cochinilla (Dactylopius coccus), insecto del que se extraía el apreciado tinte carmín destinado a los mercados europeos. Este monocultivo transformó amplias zonas agrícolas, especialmente en medianías y áreas secas, dejando una huella profunda en el paisaje y en la memoria colectiva.

Ecológicamente, la tunera ofrece refugio y alimento a diversas especies de aves e insectos, y actúa como barrera natural contra la erosión en terrenos degradados. Sin embargo, su expansión descontrolada puede competir con flora autóctona en algunos enclaves. Más allá de su origen foráneo, la tunera se ha integrado en la identidad cultural canaria: aparece en lindes, bancales y caminos rurales como símbolo de adaptación, resistencia y mestizaje, reflejando la historia atlántica del archipiélago.