Acto 1. OASIS
Ya ni sé el tiempo que llevo caminando por este desierto, igual siempre estuve aquí y mi recuerdo de otra vida llena de abundancia es solo el recuerdo de un sueño muy vívido. Soy nómada, por inercia y por necesidad. Solo camino en línea recta, lentamente, mirando las piedras del suelo, que durante las horas en las que está el sol más alto, me indican por las grietas de su superficie cuál es la línea recta. O eso creo yo, de todas formas da igual.
El agua la obtengo de un pequeño arbusto que he venido a llamar Agüita. Si lo ves al final del día pareciera una inerte y muy porosa piedra pómez, por lo gris y lo intrincado de su ramaje falto de hoja. Pero por la mañana es de un verde de fondo de mar, incluso cuando el viento lo acaricia pareciera que es alguna corriente de agua la que lo mueve. Es también totalmente redondeado y sus ramas llegan hasta el suelo. Pero si levantas estas ramas verás que alberga un hueco alrededor de su rugoso y cónico tronco. Todas las noches, antes de irme a dormir busco uno de estos arbustos, uno que tenga buen tamaño, y enrollo una toalla alrededor de ese tronco. A la mañana aparece la toalla rebosante de agua. Con sumo cuidado exprimo cada gota de agua atrapada en la toalla en mi pequeña y vieja cantimplora. Casi siempre se llena, y ese es el agua que tengo para el día. Aprendí a las malas que debo cambiar de arbusto cada vez. Pasó que una vez estuve tres días seguidos sacando el agua de la misma Agüita. El primer día la planta amaneció verde, el segundo sentí que aunque verde, no se movía con el viento, al tercero amaneció como piedra pómez. Justo en ese amanecer se levantó un sonoro y extraño viento que me persiguió durante tres días, y que me obligaba a estar en constante movimiento en torno a la planta de Agüita que había secado. Sin dormir, agotado y sediento, me dejé morir al lado de la Agüita que había matado. No sé qué tiempo pasaría hasta que volví a resucitar, con el rostro empapado de agua. La Agüita estaba totalmente verde, y generosamente me prestó un poco de su vitalidad. Entendido el mensaje, recogí mis pocas cosas y continué mi viaje.
Mi único alimento lo obtengo de otro arbusto que llevo conmigo. El camina junto a mí, unidos por una cuerda. A veces el tira de mí, otras veces yo tiro de él, y algunas solo caminamos juntos, yo sumando pasos, el sumando giros. Durante la mayor parte del tiempo lo llamo Marte, por su esfericidad atormentada y rojiza, pero pasa con él que si a la tarde le echo agua se vuelve de un gris azulado, y le brotan unas hermosas florecillas de un embriagante perfume, entonces la llamo Venus, y me acuesto bien cerca de ella. A la mañana las florecillas se han convertido en unas ovaladas y verdes bayas. Las recojo y me alimento con ellas. Al poco vuelve a ser Marte, y a la mínima brisa ya está apurándome para emprender el viaje.
Y así transcurren mis días, de milagro en milagro. Hasta que un día, en mi eterno caminar, en uno de esos momentos de quietud extrema en los que soy yo quien tira de Marte, a lo lejos diviso algo parecido al brillo del agua. Según me voy acercando veo levantarse portentosas palmeras, que se mecen con alguna suave brisa que haría jugar a Marte deliciosamente. Sigo caminado al mismo paso, ya me es imposible tener otro. Mi cuerpo se ha acostumbrado tanto a mis escasos recursos que ya solo ese esfuerzo sabe hacer, ni más, ni menos. Ya más cerca puedo sentir el frescor del agua en mi cara, limpiándome, dándole vida a mis agrietados labios, mis resecos poros. Mi cuerpo entero se embriaga con la sensación de sumergirse en agua, un recuerdo tan enterrado que ya había olvidado que existía. Y me fijo en mi sombra, y siento la sombra de la palmera, intermitente, racionando los rayos de sol que sobre mi caen. No hay amparo más hermoso. Y de seguido siento el néctar de las dulces támbaras pasas en mi boca, fundiéndose con el ácido crepitar de las támbaras maduras, convirtiendo ese denso néctar en fluida sangre que recorre todo mi cuerpo, haciendo latir todas mis células con un olvidado sentimiento. Y la sensación se convierte en artificial estimulante, y fuerzo mi cuerpo, y fuerzo mi mente. Y corro hacía aquel oasis de sensaciones, de posibilidades, y ni se la cantidad de proyecciones que se forjaron en mi imaginación hasta el momento que caí desmayado sobre un montón de tierra seca.
Cuando despierto allí está mi fiel Marte, que se había enredado, con la cuerda que lo unía a mí, alrededor de una hermosa Agüita, la más grande que había visto hasta el momento. Todavía persistía en el aire el perfume de Venus, y sobre mi cara caían las siempre resucitadoras gotas de aquella Agüita. Marte, comenzando a agitarse nerviosa por la nueva brisa, me ofrece sus milagrosas bayas. Tocaba emprender el camino de nuevo. Acongojado, sangrando vívidas sensaciones, continúo, y ya no sé si olvidar esos sentires y emociones borrando cualquier huella en la memoria, o dejar las cicatrices que me recuerden que hay dos cosas que de seguro existen en esta vida, los oasis y sus espejismos.
Acto 2. PRECIPICIO
Me gusta caminar al borde de los precipicios, si al mirar por el borde del precipicio me da vértigo es porque me encuentro emocionalmente bien, entonces camino al borde pero como cayéndome hacia el lado contrario del precipicio, como queriendo irme de allí. Ahora, si emocionalmente estoy mal, camino con naturalidad por ese borde, disfrutando del paseo. Y camino y camino hasta que, o me da vértigo, o me dan ganas de saltar y volar un rato. Entonces me pongo a escribir, porque volar no puedo, no de esa manera que me gustaría. Es por eso principalmente que escribo, y también por eso no me llamo escritor, porque no quiero que nadie me diga que como escritor tengo que escribir más, como ocho horas al día. No, váyanse al carajo, yo no soy escritor, ni tampoco soy artista, solo es que me gusta arrancarme la costra de las heridas, y me explico:
Una de las cosas que hago cuando camino por ese borde es tantear los trozos de ese borde que parecen a punto de desprenderse. Primero los golpeo ligeramente con la punta de mi pie, si veo que va aguantando, pongo más parte de mi cuerpo sobre ese pedazo de borde, llegando incluso a saltar con vehemencia sobre él. Mis descalzos pies han desarrollado la habilidad de sentir el estado estructural de ese pedazo de suelo, y cuando sienten que está al borde de independizarse del resto de la sólida tierra y emprender su vuelo, me avisan con un ligero y adrenalínico cosquilleo en la nuca, recordándome que yo no quiero volar como una pesada roca. Es en ese momento que salto lejos del borde del precipicio, hacia tierra firme claro. Reducida la adrenalina y recuperada la calma, continúo mi camino por el borde limpiándolo de suelo dudoso. Esto, más que una obligación es una pulsión, como esa de arrancarse la costra de las heridas.
El borde por el que camino ahora pertenece a un profundo barranco del desierto por el que ando perdido estos días. Días de los que no llevo cuenta porque no está en mi mano, se me acabaron los dedos. En uno de estos arrancar costras al borde del precipicio estoy, cuando ante mi aparece aquel saliente en el borde. Mide como dos metros de largo y apenas cuarenta centímetros de ancho en casi toda su longitud, excepto en el extremo, donde se abre una amplia península sobre la que hay una hermosa planta de Venus, totalmente coronada de flores. Miro a mi Marte, que a la falta de viento se deja arrastrar por mí con total mansedumbre, aún le queda mucho día hasta que derrame agua sobre él, y pase a convertirse en la florida Venus que llena de fragancia mis sueños, y me da de comer a la mañana. La Venus de aquel saliente debe tener algún tipo de suministro permanente de agua para poder estar tan espléndida de forma tan perenne, y lo que se me hace más extraño, haber decidido cambiar su, dejarse llevar por el viento, por un estático enraizamiento. Si esa Venus vio que era buen lugar para abandonar su otra vida como Marte, seguro sería bueno también para mí asentarme cerca de aquí.
Pero hay que llegar hasta ella, y eso es complicado y bastante peligroso. No necesito pisar ese estrecho istmo, para saber que se deshará bajo mis pies, y que terminaría volando de aquella manera tan poco estilosa de los pedazos de tierra que desprendía del borde en mí obsesa labor de limpieza.
Pero es tan maravillosa la promesa, que tengo que encontrar la manera de llegar a ella. Y así comienzo la labor mental de proyectar un sistema puéntico que me lleve allí. Las ideas que barajo son las siguientes: 1) saltar fuerte, 2) Un complejo sistema estructural compuesto por un aglomerado de Martes, Agüitas y tierra. 3) Comenzar un viaje en busca de un barquero del abismo que me cruce hasta aquella península de Venus.
La primera opción, es cuestión de práctica, aunque cuento con varios factores incontrolables por mi parte y que tienen que ver con la consistencia de la península y su capacidad de asumir la energía generada por tremendo impulso de mi cuerpo. La segunda tiene el riesgo de que mi conocimiento sobre estructuras es meramente intuitivo, y eso, no garantiza nada. Y la tercera tiene el gran inconveniente de que el barquero del abismo es una figura que se acababa de inventar mi imaginación, lo que no quiere decir que no exista, pero tampoco me asegura esa existencia. Aunque la experiencia me dicta que si soy capaz de imaginarlo, a lo mejor no es exactamente eso, pero si algo parecido a lo que existe, porque mi imaginación no crea de la nada, solo se limita a enlazar los conocimientos dispersos que tengo de este mundo.
— Para Rafael, deja de divagar, el día se está acabando y aún no has encontrado una agüita de la que abastecerte, mañana no tendrás agua si no te apuras.
Era el lagarto el que me hablaba, le había vuelto a crecer su tóxica cola. La primera vez que me encontré con él, yo acababa de llegar a aquel desierto y me encontraba en plena búsqueda de agua y comida. Por eso cuando lo encontré aquella vez, mi primer impulso fue comérmelo. Pero enseguida, al ver mis intenciones me habló, y en esa ocasión me dijo:
— Se prudente Rafael, ¿cómo sabes que mi carne no es tóxica?, podrías morir en un instante por esa imprudencia. Yo no puedo decirte si eso es así o no, porque nunca nadie me comió. Pero te puedo ofrecer mi cola para que pruebes, y después ya tomarás una decisión según reaccione tu cuerpo.
Tenía hambre y sed, así que me llevé aquella cola que me ofrecían a la boca. Era bastante correosa, casi un chicle, pero iba soltando un amargo jugo que saciaba mi sed, y de a poquito la carne se iba desmenuzando entre mis muelas.
Estuve tres días tremendamente enfermo, hasta que al amanecer del cuarto día caí al lado de una Agüita. Esa fue la primera vez que tomé su agua, y la primera vez que me revivió una Agüita. Del lagarto no volví a saber nada hasta este momento.
Estoy un rato allí mirándolo en silencio, con la mente totalmente vacía, solo sintiendo como el sol cae por el horizonte…
— Rafael, ahora ya si se te hizo tarde, mañana no tendrás ni que comer, ni que beber.
Mi cabeza comienza a funcionar de nuevo, y me siento totalmente contra las cuerdas por culpa de las palabras de aquel lagarto. No me deja más opción que comérmelo.
Lo abro en canal y le saco las entrañas, me como su corazón y desecho el resto de sus órganos. Luego me como el resto de su cuerpo en un proceso de disección que me lleva toda la noche. Al amanecer, me trago su impertinente lengua, caigo enfermo. Quedo tirado al borde del precipicio, con mi mirada fija en la Venus, allá, en su península. Me voy consumiendo poco a poco. Lo primero que pierdo es el tacto, y con él, el dolor de mi piel en llagas y mis órganos autodevorándose. Luego se marcha el gusto, cosa que agradezco porque es una continua reposición de la amarga carne del lagarto. Perder La vista ya me duele más, porque anda clavada en las flores de la Venus, pero al final mis ojos quiebran como cristal, en mil pedazos. Y ya solo me queda el olfato, inundado de la fragancia de las flores de Venus. En el último aliento pasa que en vez de inundarme de la fragancia empiezo a girar sobre ella, y así es que me convierto en aire. Y de esa forma consigo volar de una manera que nunca imaginé, y puedo alcanzar la península de Venus, aunque eso ya no importa, porque ya no necesito nada de lo que ofrece.
Uno sabe cómo empieza, pero siempre es más divertido no saber cómo se termina.
Acto 3. ME CONVERTÍ EN AIRE
Y me convertí en aire, y como aire me hice ubicuo, intrascendente, atemporal. De la nada a todo y de todo a nada sin transición. Soy lo indiscutible y la discusión en si misma. Soy todas mis memorias y también su desaparición.
La más terca de las posibilidades, un hálito invisible concentrado en el núcleo de una piedra. Soy lo que romperá esa piedra. Como aire no hay palabras que me acoten, pero soy cada palabra que se pronuncia, incluso las que se callan con suspiros.
Soy Iq, corazón del aire, colibrí azaroso que busca donde posarse sabiendo que no debe. Soy todas las miradas al vacío, esa nube con forma de, la imaginación más melancólica. Soy la tormenta.
Fui la caricia que no le di en aquella playa solitaria por miedo a molestarla,
el aire que exhaló cuando gimió la primera vez que conseguí que se corriera.
Soy la torpeza de los recuerdos dando vueltas alrededor de lo perdido.
Pero también soy la ráfaga impenitente que se los lleva.
Fui el aire que no me sostuvo cuando caí del avión a mi regreso de México.
Esa primera ráfaga de aire caliente que sentí al despertar sobre la arena de este desierto.
Y seré el aire fresco que me indique la salida de él.
Seré las burbujas que mis brazos provoquen al hundirse en cada brazada en el atlántico.
El aire exhalado a cada bocanada en ese trance que es nadar por largo tiempo.
El hálito superviviente del que se desplaza por dos mundos flotando en la superficie.
Transportaré las notas de mi timple cuando aprenda a tocarlo,
seré mi voz desafinada cuando cante con alegría las más amargas canciones.
Seré el ruido del pequeño ventilador que me quitará el calor cuando escriba estas palabras.
Soy la voz del Lagarto diciendo…
-Ya despierta Rafael, ni eres Iq, ni viento, ni poeta. Solo un desastre que casi muere de sed por andar pensando en imposibles. Menos mal, que estoy aquí…
Acto 4. PUSE UN HUEVO
Y todo empezó con un desencanto y un ir a caminar, que es lo que realmente hago cuando escribo, caminar, a veces por lugares nuevos, otras por sendas ya conocidas, pero siempre a la espera de que pase algo nuevo e inesperado. Y ahora me encuentro en una situación comprometida, de la que no sé muy bien cómo salir. En frente de mí tengo a un lagarto impertinente que ni después de habérmelo comido desaparece de mi vida. Y lo peor es que le debo el agua que esta vez me salvó de la muerte. Aunque fuera su venenosa carne la que me llevó a estar a punto de alcanzar esa muerte, la decisión de comérmelo fue mía, así que encima no lo puedo culpar. Maldito e impertinente lagarto resabiado.
-Me debes 104 años de tu vida, después podrás marchar del desierto.
Me dice el lúgubre lagarto, ¿y qué hago?. Pues estoy 104 años de mi vida allí con él, aprendiendo todos los secretos de ese desierto, viviendo las más épicas y esotéricas aventuras, en los que llego a pasar, de verdad, por cada uno de los estados matéricos posibles, y alguno que otro más que no alcanzo a explicar con palabras. Fui pacificador de las guerras intelectuales entre nopales, tuneras y chumberas (nunca vi derramar tanta sabia en el diálogo). Pero también provoqué las guerras de ensoñación entre las 15 tribus de los lagartos (15 tribus de lagartos, imaginaros mi disgusto, como no los voy a echar a pelear), Me enamoré 104 veces de la misma idea, y las 104 veces me partió el corazón. Otras 104 veces le rompí el corazón a otra idea que andaba suspirando tormentas por mí. Escribí los más imponentes poemas en un mano a mano con una Nefertiti de cartón piedra, haciendo equilibrios a un pie sobre las pirámides invertidas de por encima de las nubes, que es donde mejor se escriben poemas imponentes. Convertí el desierto en un vergel de crasas y después lo desequé de tanto que lo mimé con mi emocionadas lágrimas, que no fueron de cocodrilo. En cambio de cocodrilo fueron las alas con las que volé por debajo de la arena en busca de la fuente de la perenne estupidez. ¿Y porqué buscaba tal cosa? Pues ni recuerdo, estaría aburrido, y cuando se está aburrido o se hacen estupideces o se obran los mayores milagros. Como aquella vez que conseguí callar al impertinente lagarto. Craso error, ahora entiendo el refrán ese que anuncia que: del milagro a la estupidez solo hay que dejar pasar el tiempo. ¿Y qué pasó?, que no pasó nada en los siguientes 52 años que me quedaban en ese desierto. Y eso fue muy aburrido.
Pero el día que cumplí los 104 años en el desierto puse un huevo, y me temí que del huevo saliera un lagarto, pero solo salió un aire cargado de palabras, de estas palabras. Y fue esa brisa la que me sacó del desierto y me devolvió a mi taller, donde suspiro por algún día ser capaz de plasmar todo lo que allí viví. Eso los días pares, en los impares suspiro por convertirme en aire.
